Pasear por Barbastro debería ser una actividad bastante sencilla. Caminar, cruzar una calle, llegar a casa. Lo normal en cualquier ciudad.

Pero en Barbastro parece que, antes de salir a la calle, conviene mirar bien dónde ponemos los pies.

En esta ocasión nos hacemos eco del testimonio de una vecina que sufrió una caída al cruzar por el paso de peatones del puente del Amparo. El motivo: uno de los tres grandes agujeros existentes en el pavimento. La vecina no se limitó a quejarse. Después del accidente avisó al Ayuntamiento y presentó en el registro la documentación correspondiente, incluido el informe médico, para solicitar que se reparara.

Es decir, hizo exactamente lo que se supone que debe hacer un ciudadano cuando detecta un problema: comunicarlo a quien tiene la responsabilidad de solucionarlo.

Pero, como siempre en esta ciudad, aquí empieza lo preocupante.

La propia autora explicaba que los agujeros continuaban sin arreglar y que, al pasar por las calles de Barbastro, encontraba el mismo panorama en otros lugares: baldosas sueltas, grietas en el pavimento, pasos de peatones despintados, suciedad y deterioro.

¿De verdad hace falta que alguien se caiga para que se repare un agujero?

¿Hace falta presentar un informe médico para que el Ayuntamiento considere que una acera necesita mantenimiento?

Parece que en Barbastro hemos llegado a un punto en el que el ciudadano tiene que hacer de inspector municipal, detectar las deficiencias, fotografiarlas, comunicarlas y, si tiene mala suerte, incluso demostrar que se ha hecho daño antes de que alguien se decida a actuar.

Y eso tiene un nombre muy sencillo: inacción.

Porque gobernar una ciudad no consiste únicamente en inaugurar obras, anunciar proyectos o hacerse fotografías. También consiste en mantener aquello que ya existe.

Una baldosa rota no necesita un gran proyecto. Un agujero en un paso de peatones no necesita una comisión. Un paso de cebra despintado no necesita una legislatura.

Necesita que alguien se ocupe de ello.

Barbastro no debería ser una ciudad en la que salir a pasear implique mirar constantemente al suelo.

Aunque, visto lo visto, quizá sea precisamente eso lo que nos toca hacer.

Porque cuando el Ayuntamiento deja de mirar, al ciudadano no le queda más remedio que mirar por dónde pisa.

Fotografía: Ronda Somontano.