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xisten los deseos, las buenas intenciones e incluso las cartas a los Reyes Magos. Luego está el Campo Escolapios.
El 11 de junio de este año, el Ayuntamiento de Barbastro presentó a bombo y platillo la primera fase del llamado Anillo Perimetral del Agua como la infraestructura que, por fin, desbloquearía el sector 31B (campo Escolapios) donde, a juzgar por el júbilo municipal, se van a construir casi 500 viviendas (150 de ellas protegidas) en las que vivirán 1.800 nuevos habitantes y hasta un nuevo colegio.
El alcalde, parece tenerlo claro y, para él, es la mejor zona de Barbastro para construir.
Nos parece magnífico, pero hay un pequeño detalle que conviene no olvidar: llevamos años esperando a que alguien pueda construir allí.
Hablamos de un sector cuyas calles quedaron terminadas ¡en 2019!, con las parcelas urbanizadas, los proyectos aprobados sobre el papel, más de 70.000 metros cuadrados de edificabilidad, su camisita y su canesú.
Aunque faltaba un detalle bastante básico: agua suficiente para poder construir.
En su momento, incluso el propio Ayuntamiento reconocía que la red existente no tenía capacidad para asumir el desarrollo previsto, de hecho, un promotor que quiso levantar una treintena de viviendas en 2019 acabó desistiendo por este problema.
Pero, ahora ¡llega el anillo! y se presenta como el gran desbloqueo, la gran oportunidad y, sobre todo la panacea sobre la que cabalgar la cercanía de un año electoral. ¡Construyamos sin pensar en el mañana!
Aunque, antes de dejarnos llevar por este frenesí, conviene poner los pies en el suelo porque, que ahora se pueda construir no significa que necesariamente se vaya a hacer.
Desde el Ayuntamiento esperan que las promotoras se interesen por las parcelas, pero lo que no cuentan es que ello depende de que alguien decida invertir.
Por ahora no parece que haya nadie interesado, pero aún hay otra cuestión más que merece atención.
Desde la oposición local han cuestionado el relato municipal y ha señalado que el anillo no lleva agua a una zona que estuviera sin suministro, sino que refuerza y malla la red para aumentar su capacidad y presión, reclamando a su vez más rigor a la hora de explicar una actuación cuya primera fase supera los 672.000 euros.
Por tanto, quizá estemos nuevamente ante algo menos épico de lo que se pretende transmitir porque, por ahora ni se ha creado un nuevo barrio ni parece que haya aparecido nadie con intención de construirlo, simplemente se ha solucionado, siete años después, el problema que impedía utilizar una urbanización que ya llevaba años terminada.
Y eso, por cierto, nos lleva a otra pregunta probablemente incómoda: ¿cómo se pudo urbanizar un sector destinado a cientos de viviendas sin tener previamente garantizado el abastecimiento necesario?
Porque ahora se habla de 500 viviendas, casi dos mil habitantes nuevos y un futuro prometedor, (ojalá), pero de momento las viviendas siguen siendo una ilusión y, aunque la urbanización está terminada, las calles siguen vacías y aquí la única realidad son los siete años de espera.
Y es que entre se puede construir y se va a construir hay una diferencia considerable y después de siete años, quizá convenga no vender todavía la piel del oso.
Máxime cuando todavía nadie ha descolgado el teléfono para llamar al Ayuntamiento mientras encarga los palets de ladrillos.
