Hay imágenes que dicen mucho más de una ciudad que cualquier campaña institucional. Basta con caminar por Barbastro para encontrarse con aceras sucias, papeleras desbordadas, maleza, baldosas levantadas, excrementos, orines y residuos acumulados. Y entre todo ello, un elemento aparentemente insignificante, pero que resulta especialmente revelador: los chicles pegados al suelo.
Se trata de una realidad que muchos vecinos pueden comprobar simplemente dando un paseo por la ciudad. La relación de problemas es extensa: desde suciedad y residuos hasta baldosas deterioradas, maleza en las orillas del Vero, contenedores que rebosan o una creciente presencia de ratas.
Hay una evidencia clara. Quien tira un chicle al suelo, abandona una botella, no recoge los excrementos de su perro o deja basura junto a una papelera tiene una responsabilidad evidente, pero el incivismo de unos no puede convertirse en la coartada de la dejadez de quienes gobiernan para todos.
Porque precisamente para eso existe un Ayuntamiento: para mantener las calles, limpiar los espacios públicos, reparar las aceras, retirar residuos, controlar las plagas y hacer cumplir las ordenanzas municipales.
Y los chicles son un ejemplo perfecto.
Un chicle pegado al pavimento no desaparece por arte de magia. Si permanece durante semanas o meses, termina formando parte del paisaje urbano. Multipliquemos ese pequeño residuo por cientos o miles y tendremos una fotografía bastante precisa de lo que ocurre cuando el mantenimiento cotidiano deja de ser una prioridad.
Lo preocupante, por tanto, no es solamente la suciedad que pueda generar un ciudadano incívico. Lo preocupante es que esa suciedad permanezca.
Una Administración eficaz detecta el problema, actúa y evita que se convierta en algo habitual y, precisamente por eso, Barbastro no debería acostumbrarse a convivir con la suciedad.
Ni con las ratas.
Ni con los solares abandonados.
Ni con las aceras deterioradas.
Ni, por supuesto, con los chicles convertidos en parte permanente de nuestras calles.
Porque una ciudad no se abandona de golpe.
Se abandona poco a poco, cada vez que dejamos de cuidar lo que es de todos.
